Me atrevería a decir que la gran mayoría de lectores de este artículo han sido sorprendidos más de una vez por la infame pregunta: <<¿De qué partido eres?>> Algo que, a priori, parece una pregunta inocente. Una pregunta simple para intentar averiguar el posicionamiento político de una persona. Sin embargo, creo firmemente que este tipo de preguntas alimentan incesantemente a la simplificación de las ideas políticas y el encasillamiento en etiquetas ideológicas. Casi como si fueran igual de simples que ser de un equipo de fútbol o de cualquier otro deporte, y estoy dispuesto a demostrarlo.
Para empezar, existen una ingente cantidad de ideologías que no son representadas en el marco nacional, y muchas veces tampoco en el internacional. Es cierto que ideologías como el republicanismo de derecha o el anarquismo tuvieron una gran importancia en el pasado, pero han perdido tanta fuerza que la sociedad parece haberlas olvidado. Tanto es así, que las personas más afines a estas ideas acaban votando a partidos con ideas contrarias a las suyas, por ser “el menos malo”.
Asimismo, esta costumbre de votar a grupos políticos que no encajan del todo con nuestros ideales hace más mal que bien a la larga. Si bien es verdad que la participación política de todos los ciudadanos es fundamental en una democracia como la nuestra, al resignarse y dar voz solamente a las ideas más populares promocionamos el silenciamiento de ciertos sectores. Por ende, las cámaras se vuelven menos diversas y se acaba definitivamente con la pluralidad.
Por todo esto es que la pregunta: <<¿De qué partido eres?>> es tan dañina. Porque al final su objetivo no es entender a una persona, sino clasificarla rápidamente en amigo o enemigo. Si una persona dice ser de izquierdas, asumimos automáticamente que es ecologista, atea, antitaurina, pro-Palestina y antiimperialista. Como si una ideología viniese acompañada de un manual que indicase que se debe opinar en cada debate de nuestra sociedad. Y en el caso de la derecha más o menos lo mismo. Como si no existiesen las excepciones o las contradicciones, nos empeñamos en meter a todas en un estereotipo. No para simplificarlo y entenderlo más fácilmente, sino para saber cómo debemos interpretar todo lo que diga después, y ahí está el verdadero peligro. Porque la política no funciona así. Y porque no encajar en el estereotipo no es una debilidad, sino una virtud.
Así que, por todo esto, por favor. Si estáis mínimamente de acuerdo conmigo y pensáis también que deberíamos discutir menos e intentar entendernos más, sustituyamos la pregunta inicial por un simple: <<¿Y qué piensas tú?>>





