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¿De qué equipo eres?

¿De qué partido eres? Una pregunta aparentemente sencilla que puede convertir una forma compleja de pensar en una simple etiqueta. La política está llena de matices, contradicciones y opiniones que no siempre caben en unas siglas

2 minutos
Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo, este miércoles en el Congreso.
Samuel Sánchez
El País

Me atrevería a decir que la gran mayoría de lectores de este artículo han sido sorprendidos más de una vez por la infame pregunta: <<¿De qué partido eres?>> Algo que, a priori, parece una pregunta inocente. Una pregunta simple para intentar averiguar el posicionamiento político de una persona. Sin embargo, creo firmemente que este tipo de preguntas alimentan incesantemente a la simplificación de las ideas políticas y el encasillamiento en etiquetas ideológicas. Casi como si fueran igual de simples que ser de un equipo de fútbol o de cualquier otro deporte, y estoy dispuesto a demostrarlo.

Para empezar, existen una ingente cantidad de ideologías que no son representadas en el marco nacional, y muchas veces tampoco en el internacional. Es cierto que ideologías como el republicanismo de derecha o el anarquismo tuvieron una gran importancia en el pasado, pero han perdido tanta fuerza que la sociedad parece haberlas olvidado. Tanto es así, que las personas más afines a estas ideas acaban votando a partidos con ideas contrarias a las suyas, por ser “el menos malo”. 

Asimismo, esta costumbre de votar a grupos políticos que no encajan del todo con nuestros ideales hace más mal que bien a la larga. Si bien es verdad que la participación política de todos los ciudadanos es fundamental en una democracia como la nuestra, al resignarse y dar voz solamente a las ideas más populares promocionamos el silenciamiento de ciertos sectores. Por ende, las cámaras se vuelven menos diversas y se acaba definitivamente con la pluralidad.

Por todo esto es que la pregunta: <<¿De qué partido eres?>> es tan dañina. Porque al final su objetivo no es entender a una persona, sino clasificarla rápidamente en amigo o enemigo. Si una persona dice ser de izquierdas, asumimos automáticamente que es ecologista, atea, antitaurina, pro-Palestina y antiimperialista. Como si una ideología viniese acompañada de un manual que indicase que se debe opinar en cada debate de nuestra sociedad. Y en el caso de la derecha más o menos lo mismo. Como si no existiesen las excepciones o las contradicciones, nos empeñamos en meter a todas en un estereotipo. No para simplificarlo y entenderlo más fácilmente, sino para saber cómo debemos interpretar todo lo que diga después, y ahí está el verdadero peligro. Porque la política no funciona así. Y porque no encajar en el estereotipo no es una debilidad, sino una virtud. 

Así que, por todo esto, por favor. Si estáis mínimamente de acuerdo conmigo y pensáis también que deberíamos discutir menos e intentar entendernos más, sustituyamos la pregunta inicial por un simple: <<¿Y qué piensas tú?>>

1.
La trampa de una pregunta aparentemente inocente
2.
Las ideas que no caben en una papeleta
3.
Cuando votar al “menos malo” empobrece la pluralidad
4.
El peligro de convertir las ideas en estereotipos
5.
De “¿de qué partido eres?” a “¿qué piensas tú?”
Para la elaboración de este artículo se ha realizado una investigación basada principalmente en la reflexión y el análisis de diferentes ideas políticas y sociales. Se han consultado conceptos relacionados con las ideologías políticas, la representación parlamentaria y la pluralidad democrática, contrastándolos con la experiencia y las observaciones planteadas a lo largo del texto. El artículo combina información general sobre el panorama político con un análisis crítico y personal sobre la tendencia a simplificar las posiciones ideológicas y encasillar a las personas en determinadas etiquetas políticas.
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