No quiero vivir deprisa. Dejadme aburrirme un rato, sentarme en una terraza, tomar algo y escuchar los pájaros piar y el murmullo de la gente. ¿Por qué hemos convertido algo tan simple en un plan tan complicado? No solo complicado, sino que también mal visto, cada día peor visto. El silencio, tan natural como respirar, es agredido constantemente por los antinaturales elementos con los que hemos sido prácticamente obligados a convivir. Interminables horas de contaminador tráfico, incesantes notificaciones que asaltan nuestros teléfonos móviles, y por ende nuestra vida… Estos son solo ejemplos de cómo el silencio está siendo aniquilado, si no lo ha sido ya del todo. Pero el problema no es el ruido, son los estímulos y las prisas.
En primer lugar, las redes sociales. Parece que todo siempre conduce a ellas, como nuevos caminos que, en vez de a Roma, llevan a ellas. Pero resulta casi imposible hablar de problemas sociales actuales sin acabar tocándolas. Esta serie de apps nos ayuda a mostrar, única y exclusivamente una cara de nosotros. Naturalmente, a nadie le interesa compartir sus decepciones, lamentos y frustraciones. ¿Cuántos de vosotros habéis publicado una foto llorando alguna vez? ¿Una foto en la que no salgáis tan guapos, quizá? ¿De un examen suspenso? ¿No? Que cosa tan rara. Con todo esto quiero hacer ver que, sabiendo que nadie muestra nada más que su mejor faceta, ¿Por qué al ver un video de alguien que nos enseña su éxito, en cualquier ámbito, nos sentimos inútiles? Es imposible no admitir que más de una vez nos hemos topado con contenido, hecho principalmente por varones jóvenes, en los que se pavonean de sus éxitos financieros y se ridiculiza al “vago”. Por vago, naturalmente, se entiende al adolescente de 15 años que no ha montado ninguna empresa aún.
Después de todo esto, creo que os podéis dar cuenta de los frágiles cimientos sobre los que está edificado todo este contenido, que solamente hace mal a nuestra sociedad y a nuestros jóvenes. Jóvenes que crecen bajo el mensaje de que si a los 18 años no posees un coche de alta gama, eres, sin duda, un fracasado. ¿Dónde va a parar esta cultura de la vergüenza y la mentira? Pues parece que bastante lejos. Han convertido que veamos el descanso como debilidad. El ocio como pérdida de tiempo. La tranquilidad como fracaso. Si no estás “emprendiendo” deberías estar haciéndolo, y si estás haciéndolo, deberías hacerlo más y mejor.
Y es por esto, queridos lectores, por lo que afirmo, sin un atisbo de duda, que el ocio es revolucionario. Porque es lo que no quieren que hagamos. Porque nos quieren trabajando como robots, como esclavos, como cosas y no como personas. Así que aburranse, diviertanse, rían, coman, beban… Hagan lo que más les guste. Pero no se olviden tampoco de llorar, de frustrarse y de fracasar. Porque eso es también revolucionario. A fin de cuentas, actuar como un ser humano es la verdadera revolución, que escándalo.





