El pasado 30 de julio la sociedad global, y sobre todo la española, fue sorprendida por una noticia que no dejó indiferente a nadie: alrededor de 72.000 personas habían cruzado a nado la frontera que separa Marruecos de Ceuta. La reacción fue inmediata, los medios pusieron toda su atención en la ciudad, los políticos organizaron reuniones y los ciudadanos se alarmaron. Esta denominada crisis migratoria parece algo espontáneo, casi accidental, pero en realidad es el punto donde convergen décadas de intereses geopolíticos. Este evento es solo la punta del iceberg de una maquinaria global que involucra a muchos de los gobiernos más importantes del tablero geopolítico. Y es por esto que, para entender Ceuta, no basta con mirar a la frontera. Porque Ceuta no empezó en Ceuta, sino que comenzó con una llamada, con un pacto, con un apretón de manos. Asimismo, no debemos centrarnos en Ceuta, sino en Madrid, Washington, Argel, Rabat y Jerusalén.
Para empezar, antes de nada debemos centrarnos en Marruecos, y en porqué tiene tanto peso. Este país está convenientemente situado en el noroeste del continente africano, en la denominada puerta del Mediterráneo, un mar de importancia vital, ya que conecta África con Europa, siendo así un eje central para el comercio global. Además, son solo 14,4 km los que separan Marruecos de España por vía marítima, siendo así la frontera más angosta entre los dos continentes. Eso sí, sin tener en cuenta las ciudades españolas de Ceuta y Melilla, que comparten frontera con el Reino de Marruecos. Es por esto que muchos migrantes procedentes de distintos países de África intentan acceder a Europa desde Marruecos, dándole así importancia global a este en cuanto a migración.
Cabe recalcar también que Marruecos tiene cada vez más influencia en el tablero geopolítico y económico. En el año 2020 Marruecos se adhirió a los Acuerdos de Abraham. Una serie de acuerdos impulsados por el republicano Donald Trump, que buscaban acercar a Israel a los países árabes y normalizar su relación. A cambio, el Presidente estadounidense se comprometió a reconocer como marroquí el Sáhara Occidental, atentando así contra los intereses de la ONU. No solo eso, sino que Marruecos también se ha convertido en el mayor comprador africano de armas de Estados Unidos, formando esta relación parte de su ambiciosa modernización militar. Solo detrás del país norteamericano está Israel, de quien procede el 24% del armamento marroquí. Formando de esta manera Tel Aviv parte activa de la represión sufrida por el pueblo saharaui, llevada a cabo con los modernos drones israelíes.
Centrándonos ahora en la crisis actual, para que toda la maquinaria que trataré de explicar más tarde se desencadene se ha necesitado un detonante. Si bien es cierto que la relación de España con los gigantes aliados del país magrebí lleva dañada desde hacía ya tiempo debido a la postura contraria de Sánchez a las políticas expansionistas y belicistas de estas dos naciones, el causante definitivo ha resultado ser la reunión entre los presidentes de España y Argelia el pasado 20 de julio en Argel. En esta visita a la capital africana el presidente Sánchez acordó con el presidente Tebboune fortalecer el vínculo político y, sobre todo, económico entre los dos países. «Estoy convencido que en este nuevo impulso que estamos dando a las relaciones entre España y Argelia nuestro sector privado, nuestras empresas, van a jugar un papel fundamental, que el Gobierno quiere acompañar y alentar», afirmaba Sánchez. Vínculo que se vio afectado por el cambio de postura en cuanto al Sáhara Occidental que adoptó España en marzo de 2022, cuando decidió respaldar el plan marroquí, desafiando los intereses argelinos en la zona.
Estas declaraciones no sentaron nada bien ni en Rabat, ni en Washington ni en Jerusalén. Tan solo 10 días después la oleada masiva de unos 70.000 migrantes entró a nado en Ceuta. Cabe destacar que menos de un mes antes de este suceso, el Tribunal Constitucional declaró que no están permitidas las devoluciones en caliente de migrantes que hayan entrado a territorio español sin haber cruzado ilegalmente una frontera física. Y, como en el mar no había nada que delimitase la frontera, (ahora se han instalado unas boyas para evitar otro episodio similar), la devolución ipso facto de los migrantes era ilegal. Esta brecha en el control fronterizo español se convirtió en la mejor baza para el rey Mohammed VI de Marruecos para presionar y castigar al Gobierno de España por estos hechos que traté anteriormente.
No solo esto, sino que los respectivos Gobiernos de EEUU e Israel aprovecharon la crisis migratoria y humanitaria para su campaña populista. No tardó Trump en cargar contra Sánchez y hacer uso de la propaganda del miedo, alegando que lo mismo les sucederá si los demócratas ganan las próximas elecciones. Esos demócratas a los que él llama “el bando equivocado”. Tampoco perdían la oportunidad de aleccionar al presidente español los ministros israelíes, pidiendo la “descolonización de Ceuta y Melilla” y el “fin a la ocupación” de ellas. No se quedó atrás el ministro de Seguridad Nacional de Israel, quien felicitaba irónicamente a Sánchez por su “compromiso con la acogida de la inmigración y la diversidad humana”, reprochándole, además, su apoyo al “Estado terrorista Palestino”.
No obstante, también tomaron cartas en el asunto dirigentes de la derecha europea. Por ejemplo, la ultra y presidenta italiana Giorgia Meloni, la misma que aboga por enviar a los migrantes irregulares a seudocampos de concentración en Albania, defendía expulsar a España del espacio Schengen para que los migrantes no se esparzan por el resto de la Unión Europea. Algo que está muy lejos de la realidad, ya que la gran mayoría de ellos ha regresado a sus respectivos países de origen, y porque no se puede expulsar a ningún miembro de la UE del espacio Schengen. Tampoco se quedaban atrás los políticos españoles. Santiago Abascal, apoyador incondicional de la causa sionista, no tardó en embarcarse a la ciudad a hacer su campaña. También llegó a la ciudad Alvise Pérez, eurodiputado y líder de Se Acabó la Fiesta, quien protagonizó una curiosa y esperanzadora imagen. Los vecinos ceutíes plantaron cara al político y a su discurso de odio y le forzaron a abandonar las calles y refugiarse en un establecimiento al grito de “Ceuta unida, y no dividida”.
Todos estos sucesos me llevan a pensar que, mientras unos ven la migración como un arma diplomática y otros como herramienta electoral, 145 personas han muerto en el mar entre Ceuta y Marruecos. Pero pocos medios ponen el foco en esto. Decenas de personas mueren, y miles arriesgan su vida por promesas falsas hechas por políticos y magnates. Gente para la que estas vidas son solo peones en un gran tablero. Así que, al igual que Palestina no empezó en Palestina ni Ceuta empezó en Ceuta, la situación de estas personas a las que llamamos “ilegales” o incluso “aliens” empezó en un despacho, en un tratado o en un contrato. Y, lastimosamente, acaba en una frontera donde los que menos poder tienen pagan por el precio de decisiones tomadas a miles de kilómetros, sin tomarles en cuenta, y por encima de sus cadáveres.





